Luis Candelas El ladrón más temido de la capital

Luis Candelas El ladrón más temido de la capital

Luis Candelas Cagigal nació en Lavapiés en 1800. No fue un bandido normal. Lo suyo fueron asaltos preparados de forma minuciosa. Era un hombre sagaz. Sabía salir airoso de los tinglados en los que se metía. Para él, los barrotes de la prisión tampoco eran un inconveniente. En su historial se registraron seis fugas penitenciarias, que logró efectuar entre sobornos y artimañas.

Fue un ladrón diferente, ya que fue capaz de compaginar la delincuencia con un puesto al frente de la sección del Resguardo de tabacos en Madrid. Este puesto como funcionario del Estado lo consiguió estudiando por su cuenta, porque fue expulsado del colegio San Isidro, cerca de Lavapiés, donde vivía. Solo permaneció dos años en esta escuela, le echaron por devolver una bofetada a un jesuita.Desde entonces, su escuela fue la calle.

A los 19 años ya había obtenido la fama del «pedreas» por los cascotes que les tiraba a los muchachos de otros barrios. Y así se ganó el primer tropiezo con la justicia, una noche de 1823, cuando lo detuvieron rondando por la plaza de Santa Ana.

Dos años más tarde, cuando se produjo su primera entrada en la cárcel de El Salador, en la plaza de Santa Bárbara, ya era famoso como el «espadista», porque manejaba una ganzúa para entrar en las casas en las que delinquía. Tras sus robos acudía al Arco de Cuchilleros, una de las entradas a la Plaza Mayor, donde se encuentran hoy “las cuevas de Luis Candelas”. En el siglo XIX era un sitio muy concurrido por majas y chisperos. Era allí donde se escondía con su “cuadrilla” y preparaba sus golpes, porque tenía muchas salidas al exterior y despistaba a sus perseguidores.

Después de cometer los atracos se escapaba y hacía creer a la Policía que había huido al extranjero, cuando en realidad se trasformaba en Luis Álvarez de Cobos, un rico hacendista de Perú. Con esta otra identidad acudía así a las fiestas de la alta sociedad, cuando de ilustre no tenía nada, pues su padre era carpintero. Otra prueba de su audacia fue el amorío que mantuvo con Lola La Naranjera, a la que también rondaba el Rey Fernando VII.

Tras su matrimonio con Manuela Sánchez en la iglesia de San Cayetano, se marcha a Zamora y al cabo de un tiempo vuelve. En enero de 1837 el Diario de Avisos de Madrid publicaba la orden de caza y captura del bandido madrileño que ya se había convertido en el más famoso y temido de la época. Los carteles con su imagen llenaron todos los muros de la ciudad. Pocos meses después fue capturado y condenado a muerte. Su ficha decía así: “ Luis Candelas Cagigal, de 28 años, casado, natural de Madrid, con domicilio en Cuchilleros, 1. Ladrón profesional, estatura regular, pelo negro, sin redecilla, ojos al pelo, boca grande y mandíbula prominente, bien formado y recio”

Había cometido dos errores graves: se metió en las casas de dos personas intocables para la Reina María Cristina . Primero erró al atacar a la diligencia del embajador de Francia en Torrelodones porque le quitó no solo dinero y joyas, sino también unos documentos confidenciales y comprometidos. Su segunda equivocación que le valió la pena de muerte fue robar en la casa de la acaudalada modista de la Reina regente María Cristina de Borbón Dos Sicilias.

La sangre fría que tenía para cometer los delitos se le fue aplacando según se acercaba el momento de enfrentarse al garrote vil. Al ver que  los sobornos no podrían esta vez librarle de su situación, suplicó el indulto a la Reina:

«Señora, Luis Candelas, condenado por robo a la pena capital, a V.M. desde la capilla acude reverentemente. Señora, no intentará contristar a V. M. con la historia de sus errores ni la descripción de su angustioso estado. Próximo a morir solo imploro la clemencia de V. M. a nombre de su augusta hija, a quien ha prestado servicios y por quien sacrificaría gustoso una vida que la inflexibilidad de la ley cree debida a la vindicta pública y a la expiación de sus errores. En que expone es acaso el primero de su clase que no acude a V. M. con las manos ensangrentadas. Su fatalidad le condujo a robar, pero no ha muerto, herido ni maltratado a nadie. ¿Y es posible que haya de sufrir la misma pena que los que perpetran en esos crímenes? He combatido por la causa de vuestra hija. ¿Y no le merecerá una mirada de consuelo?».

Fue condenado al garrote vil a los 31 años por 40 atracos.  La condena se llevó a efecto Una fría mañana del 6 de noviembre de 1837 cientos de madrileños se concentraron en la  plaza de la Cebada para ver cómo el garrote vil acababa de forma lenta y cruel con la vida de Luis Candelas (1806-1837), el bandido madrileño más célebre de la época. «He sido pecador como hombre, pero nunca se mancharon mis manos con sangre de mis semejantes. Adiós patria mía. Sé feliz». Estas fueron sus últimas palabras. El delincuente más buscado del siglo XIX había sido condenado a la pena capital –se aplicaba a los criminales más odiados– por cometer 40 robos.

 

Coplas de Rafael de León a Luis Candelas:

 

«Anoche una diligencia,

ayer el palacio real,

mañana quizá las joyas

de alguna casa ducal.

Y siempre roba que roba,

y yo por él siempre igual,

queriéndolo un día mucho

y al día siguiente más».

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