la Felicisima Armada o Armada Invencible Española

la Felicisima Armada o Armada Invencible Española

Una flota pirata inglesa al mando de Francis Drake realizo una invasión contra Florida (que era posesión española) en 1586. Este y otros ataques de Inglaterra contra España, decidieron a Felipe II a proyectar una intrusión a la isla bajo el mando de Álvaro de Bazán, el mejor marino de aquella época.

Contenido

¿De dónde surgió la idea de invadir Inglaterra?

Los preparativos de la invasión

Ataque de Drake a la Bahía de Cádiz

Contratiempos. Primer intento de invasión

Segunda salida hacia Inglaterra

Origen divino de la invasión

Llegada de la armada a las costas inglesas

Comienzo de la batalla Naval

La retirada de las costas inglesas

Naufragios en las costas irlandesas

Llegada a puertos del Cantábrico

La segunda y la tercera Armada

 

¿De dónde surgió la idea de invadir Inglaterra?

Surgió la idea de Felipe II en el Monasterio de San Lorenzo del Escorial. Pensó en unos derechos hereditarios, al haber estado casado con la anterior reina de Inglaterra María Tudor, creía que le apoyarían las gentes católicas de allí y también le convenció el plan del Marqués de Santa Cruz

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Isabel I de Inglaterra

En enero de 1588 el rey comunicó a la asamblea en la que se reunían los representantes de las ciudades, o sea a las Cortes de Castilla, que quería invadir Inglaterra. El objetivo era deponer a la Reina Isabel y terminar con el apoyo que esta les daba a los protestantes de Flandes, que estaban en guerra contra España ya hacía 20 años y devolver a Inglaterra al catolicismo.

Algunos historiadores creen que Felipe no tenía verdaderas intenciones de invadir Inglaterra, sino más bien de asustar a Isabel y someterla. Para ello tendrían que asumir muchos gastos, pero era necesario por la seguridad del mar, las Indias e incluso de sus mismas  viviendas.

 

 

Los preparativos de la invasión

La maniobra se demoró dos años y en ese tiempo murió Álvaro Bazán.  Numerosas cartas procedentes de El Escorial partían con la intención de conseguir buques de guerra y armamento para tan extraordinaria aventura, Nápoles, Cartagena, Málaga, Génova, Vizcaya e incluso el Adriático, aportaron ayuda y medios para ello.

Habían pasado siete años desde la conquista de Portugal. Felipe II ordenó formar  una gran flota naval en el puerto de Lisboa. Los navíos españoles y portugueses, que contaban con mejores barcos, estaban preparados para zarpar.

Aunque se decía que irían hacia las Indias, la realidad es que la empresa se había convertido en un secreto a voces entre los miembros que formaban la tripulación. La conquista de Inglaterra, al mando del duque de Medina Sidonia, D. Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, que contaba en ese momento con 37 años de edad y que provenía de uno de los ducados más antiguos de España, el ducado de Medina Sidonia, en Cádiz.

El apodo del bueno se remonta al siglo XIII en honor a las andanzas de sus antepasados en los enfrentamientos con los musulmanes que se hallaban en nuestras tierras. Su padre murió cuando sólo tenía cinco años y se encontró con una inmensa fortuna familiar procedente de las propiedades de su abuelo y con el título de duque. Tomó como esposa a Ana, princesa de Éboli, siendo muy joven, llegando a tener más de doce hijos. En 1588 ya había nacido el cuarto.

El secretario del rey, Juan de Idiáquez, le envió la carta en la que se le nombraba Capitán General del mar Océano y le otorgaba el mando de la flota naval española asentada en Lisboa, con el encargo de conquistar Inglaterra, en nombre de Dios y del rey.

Uno de los motivos principales para elegirle era el mal estado de salud del Marqués de Santa Cruz, comandante en jefe de la flota naval. El Duque jamás aceptó de buen grado la misión alegando inexperiencia en asuntos navales, su ignorancia estratégica y táctica de la empresa. Felipe II le recordó con una carta de donde procedía su casto y guerrero linaje familiar y no tuvo mas remedio que aceptar

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Armada Española

Oficialmente la expedición fue llamada La felicísima armada; por su fuerza abrumadora los españoles la llamaron La Invencible. Se celebró la bendición de la armada que fue oficiada por el arzobispo de Portugal en el mes de abril de 1588. Terminada la ceremonia se realizó una procesión oficial solemne.

El conde de Medina Sidonia sostenía en la mano una orla del estandarte real en la que resaltaba el Escudo real de España. A un lado se podía contemplar la imagen de la Virgen, al otro estaba Cristo crucificado y debajo había una inscripción:

Exurge domine et vindica causam tuam -Álzate, ¡Oh! Señor y defiende tu causa-. Los españoles la llamarían desde entonces la Felicísima Armada. Meses después del fatal desenlace los ingleses y protestantes comentaron irónicamente que “con tantas oraciones, a los españoles se les había ido al cielo su Armada”.

 

 

Ataque de Drake a la Bahía de Cádiz

Drake recibió permiso de la Reina Isabel de Inglaterra por el cual tenía carta blanca para ejecutar una invasión en tierras españolas, quería impedir que la armada siguiese preparándose. El 29 de abril atacó la Bahía de Cádiz y fueron arrasados un buen número de navíos españoles.

Más tarde se dirigió hacia las Azores donde capturó el buque San Felipe, un gran barco portugués, que contenía un gran número de provisiones que llevaban para surtir a  la armada. A su regreso a Inglaterra la reina Isabel le instó a finalizar las hostilidades creyendo que podría conseguirse la paz.

 

 

Contratiempos. Primer intento de invasión

La aglomeración y exceso de municiones, personas y alimentos, las enfermedades intestinales y las infecciones, porque la comida se pudría, disminuyeron la moral de la tripulación. El malísimo estado de salud que estaban sufriendo un gran número de soldados y marineros hacía pronosticar un penoso desafío para luchar al llegar a Inglaterra, especialmente si se tiene en cuenta la velocidad media lograda por la Armada en todo el trayecto, cuatro nudos. Tres semanas después de salir del puerto de Lisboa todavía se encontraban en La Coruña.

Vientos contrarios, los víveres estropeados y la falta de agua potable comenzaban a crear muchas dificultades  al duque de Medina Sidonia. Un tercio de la Armada se encontraba muy enferma o muerta. El Rey desestimó las demandas de sus jefes militares y ordenó una nueva salida para el 10 de Julio.

 

 

Segunda salida hacia Inglaterra

Terminaron de preparar la partida el 20 de Julio y zarparon el día 21 sin saber que la flota dirigida por Drake, Howard, Frobisher y Fenner estaban sólo a unos días de la Coruña, a donde pretendían llegar para sorprender a la Armada, en su puerto. Pero el mal tiempo les forzó a retroceder hacia Plymouth, por lo que el peligro de una emboscada se esfumó.

Más de 30.000 personas formaban la expedición. El mantenimiento de este cuantioso grupo de personas causaba estragos en la vida cotidiana portuguesa, los mercados no tenían suficientes suministros y a causa de eso los precios no paraban de subir. Era necesario partir cuanto antes. Un día de mayo de 1588 al darse las condiciones para ello  levantaron velas.

Sesenta y cinco buques de guerra, veinticinco cargueros procedentes del Báltico, treinta y dos barcos más ligeros, cuatro galeazas napolitanas y un centenar de embarcaciones menores, se dispusieron a partir. Sólo unos veinticinco barcos de los que zarparon se podían considerar auténticos buques de guerra pero se exageraron las cifras para causar mas  desasosiego entre los ingleses.

El Duque de Medina Sidonia, y Alejandro Farnesio al mando de las tropas, partieron de Lisboa con 130 buques de guerra y de transporte, 8.253 marinos 2088 remeros, más 19.295 soldados. Su misión era llegar a Dunkerque, en las costas del Flandes español, embarcar 27.000 soldados de los tercios españoles allí destinados y lanzarse a la invasión.

La línea delantera y principal estaba provista de dos poderosas escuadras de diez galeones, los de Portugal y Castilla, éstos últimos acompañados de cuatro galeazas de Nápoles, comandadas por Hugo de Moncada. En segunda línea cuatro grupos de diez barcos cada uno. Contaba la expedición con 34 barcos más ligeros y una escuadra provista de 23 barcos más pequeños que disponían de víveres y municiones.

Entre toda la munición cabe destacar los 2431 cañones, 123.790 balas de hierro y piedra, 5600 quintales de pólvora, un sinfín de provisiones e indumentaria militar, animales de carga y otros utensilios militares componían el potencial de salida unido a los recursos humanos desplegados: más de 8000 marineros, casi 19000 soldados y más de 2000 remeros.

El apoyo humano en tierra se resume a 146 hombres gentiles, 238 oficiales de reemplazo con sus correspondientes criados, funcionarios de justicia y más de 160 artilleros, 180 sacerdotes y frailes, seis cirujanos y seis médicos. No todos eran españoles pues se contaba con portugueses, italianos, alemanes, flamencos e incluso irlandeses y portugueses, en número aproximado de 4000 personas.

 

 

Origen divino de la invasión

Era tal la obcecación del monarca en el origen divino de la empresa que hizo confesarse a toda la armada antes de partir. Todos debían recibir la absolución antes de marchar y nadie debía blasfemar o encontrarse en pecado mortal. Los pajes de los barcos debían dar los buenos días al pie del mástil mayor y al caer la noche debían recitar el Ave María y los sábados la Salve.

Las disputas y viejos rencores debían aplazarse hasta después de la expedición bajo pena de muerte por traición. Nadie debía llevar dagas para evitar roces con el resto de la tripulación. Existía un santo y seña para cada día de la semana: Lunes Espíritu Santo, martes La Santísima Trinidad, miércoles Santiago, jueves Los Ángeles, viernes Todos los Santos, sábado Nuestra Señora y domingo Jesús.

“Mares grandes y peligrosos, mas con Jesucristo crucificado todo se puede” era la consigna que parecía estar presente entre la tripulación, pues se creía fervorosamente en la ayuda divina.

La flota naval estaba con la moral muy alta y dispuesta a iniciar la batalla, se supone que era debido a los incesantes sermones preparatorios a los que fueron sometidos antes de partir: “El botín si conseguían vencer y el cielo si fracasaban”.

Sin embargo, la flota tuvo que suspender su marcha cuando sólo habían transcurrido siete millas de trayecto. El motivo fue el fuerte viento que se había levantado y que hacía imposible la navegación. No sólo no habían avanzado nada sino que se encontraban todavía más lejos de Lisboa que cuando se ordenó la orden de partida. Felipe II ordenó al duque que solucionase los problemas de inmediato y diera la orden de salida en las condiciones que fuesen.

 

 

Llegada de la armada a las costas inglesas

A finales de julio de 1588, la Armada entraba en el canal de la Mancha. Los ingleses estaban enterados y enviaron sus navíos de guerra a golpear desde los flancos. Durante varios días la flota española navegó mientras se sucedían cañonazos de poca trascendencia. El 6 de agosto ancló frente a Calais, a unos 40 kilómetros de su objetivo, habiendo perdido sólo dos galeones.

Adentrarse en el Canal de Inglaterra llegando al Cabo de Margate donde esperaría el Duque de Parma para asegurar el paso de las tropas. Una vez tomado Kent debería prepararse el asalto sobre Londres al tiempo que debían esperar pacientemente que los enemigos de Isabel, en el norte, oeste e Irlanda se alzasen para ayudar al ejército invasor para someter el reino. No obstante, los especialistas pensaron que era un plan peligroso y poco efectivo enviando una misiva al rey con la intención de que este lo cambiaría.

El Rey no cambió su plan. Sabía y era consciente de lo arriesgado de la empresa y en caso de no contar con esa ayuda local, el duque de Parma, debía solicitar tolerancia para la iglesia católica, rendición de las ciudades holandesas controladas por los ingleses y el pago de una indemnización de guerra.

 

 

Comienzo de la batalla Naval

Los oficiales ingleses y los relatos legendarios de la batalla, remarcan como la Armada española formó una especie de media luna, o luna creciente. Sin embargo, otros autores establecen que la decisión final fue mantener a la flota con una formación más parecida a la de un pájaro, pequeñas embarcaciones en el centro, a la cabeza la magna escuadra del duque y al frente la formación de la escuadra de Don Pedro Valdés.

Los flancos estaban protegidos por dos alas de galeones y otras embarcaciones que marchaban en línea recta. Ocupaba una extensión de cuatro millas y las personas que la divisaran desde lo alto de un monte podrían comprobar su aspecto, muy parecido a una media luna.

En caso de que algún barco decidiera internarse por algunos de los extremos de la media luna sería cogido de inmediato al cerrarse ambos flancos, quedando en su centro desguarnecida y a merced de los barcos centrales españoles.

La Armada perdió la nave San Salvador por la explosión de varios barriles de pólvora. La tripulación huyó dejando a merced de los ingleses un inmenso botín. La nave insignia de Pedro de Valdés, Nuestra Señora del Rosario, chocó con una nave andaluza y se quedó sin el mástil, al intentar abordar dos embarcaciones inglesas. Otro buque de 1150 toneladas se quedaba inoperante, rezagado y a expensas del enemigo. Durante toda la noche no se recuperó y el navío cayó en poder de Drake.

En la mañana del 31 de Julio de 1588 el viento comenzó a soplar de forma favorable a la armada española. Sin vacilar, comenzaron los primeros enfrentamientos entre ambos contendientes. Una lluvia de proyectiles, exagerada por las crónicas, comenzó a inundar el cielo de Portland Bill que pronto cambió su tonalidad. Sin embargo, la realidad fue otra.

El desatino de las andanadas artilleras provocó un enorme gasto de munición que ocasionó muy pocos daños a una flota inglesa que permanecía más bien expectante al desempeño de los navíos españoles. El combate se pareció más a una lucha en tierra que a un combate naval.

Los ingleses, estaban dispuestos a impedir el desembarco, lanzaron en la madrugada del 8 de agosto ocho brulotes (barcos incendiados) contra la Armada, obligándola a levar anclas a toda velocidad, lo que provocó la confusión y la dispersión de la flota. Aunque ninguna nave se incendió, muchas perdieron sus anclas y aparejos o sufrieron desperfectos en los timones, los palos o las velas.

Sus maniobras eran muy lentas, dada la gran sobrecarga que llevaban. Al día siguiente los barcos desperdigados fueron rodeados por las naves inglesas y sufrieron un importante cañoneo, que hundió cinco barcos españoles y causó unos 1.500 muertos.

Los galeones españoles prácticamente no pudieron responder al fuego y si lo hicieron causaron pocos males. En la mañana del 9 de agosto los vientos y las corrientes habían lanzado a la flota española frente a las costas holandesas, mientras los ingleses contemplaban el espectáculo desde lejos.

La situación fue desesperante. La mejor infantería del mundo estaba encerrada en aquellos buques sin poder combatir y condenada a morir. Por suerte para los españoles, el viento cambió de golpe y la Armada pudo adentrarse en mar abierto, aunque perseguida por el enemigo.

 

 

La retirada de las costas inglesas

La flota se había salvado pero no podían seguir con la invasión. La «Armada Invencible» como la denominaron en la propaganda inglesa, no había sido vencida.  No habían desembarcado, ni hubo abordajes, ni lucha cuerpo a cuerpo… De hecho no hubo ninguna  batalla, sólo cañonazos y vientos violentos, todo se redujo a siete u ocho barcos hundidos y los 1.500 muertos. Por la parte de los ingleses, se calcula que las bajas fueron de unos pocos cientos.

La tarde del 9 de agosto el viento alejó aún mas de la costa flamenca a los navíos, e hizo imposible que se unieran con los tercios que tenían que ejecutar la invasión. Muchos navíos tenían desperfectos y, necesitaban mas munición para enfrentarse a una escuadra como la inglesa, que podía volver a abastecerse en sus puertos.

El duque de Medinasidonia emplazó a los capitanes de la flota a un consejo de guerra para decidir qué pasos dar. Algunos de ellos insinuaron incluso ceder ante el enemigo; otros, en cambio, plantearon combatir hasta las últimas consecuencias: «que volviésemos al Canal y allí acabásemos o ejecutásemos lo que nuestro rey nos mandaba».

Finalmente se convino que si el viento seguía soplando en contra, la flota emprendería el regreso a España. Y en efecto, al día siguiente, 10 de agosto, «se publicó la vuelta a España por toda la Armada».

Todos sabían que la vuelta no iba a ser fácil. Para evitar más contiendas con los ingleses, se siguió la ruta del norte, bordeando las costas de Escocia e Irlanda para descender luego hasta La Coruña. No era una ruta desconocida en esa época; de hecho, los vientos dominantes del sudoeste hacían fácil la marcha hacia el norte.

Además, el 12 de agosto la flota inglesa, sin provisiones ni munición suficientes, no siguieron persiguiendo a los españoles, y las cerca de 114 naves de la Armada que quedaban –es decir, casi todas– pudieron avanzar sin miedo a ser sorprendidas.

La flota española estaba destrozada y escaseaban los suministros. Desde el mismo momento en que partieron se ordenó el racionamiento, sobre todo de la bebida, porque se perdió mucha agua por haberla envasado en toneles de mala calidad; unos días después se echaron por la borda las mulas y los caballos, sobre todo para preservar el agua.

Muchos de los marineros habían caído enfermos, pero lo peor era el clima. Como iban hacia el norte las temperaturas cayeron en picado y la flota quedó rodeada de espesas nieblas y grandes temporales, además de soportar vientos contrarios que frenaban el avance.

Los navíos bordearon las islas Shetland, pero después del 18 de septiembre, cuando se hallaban frente a las costas de Irlanda, se desencadenó un fortísimo temporal. Un oficial inglés que vio los hechos en Irlanda lo relató como «un ventarrón tremendo, una fuerte tormenta como no la había habido desde hacía mucho tiempo».

La flota española quedó totalmente dispersada, y cada barco tuvo que  apañárselas como pudo.  Algunos se refugiaron en la costa para comenzar las reparaciones. La situación de los marineros era desesperada.

Según el testimonio de un marinero portugués capturado por los ingleses, «cada día mueren en el barco cuatro o cinco hombres, de hambre o de sed. Ochenta de los soldados y veinte marineros están enfermos, y el resto están muy débiles […] Dice que el propósito del almirante es intentar llegar a España aprovechando el primer viento que se presente. Entre los soldados se comenta que, si logran volver a España, nunca más se enzarzarán con ingleses».

 

 

Naufragios en las costas irlandesas

Gran número de barcos, cerca de treinta, naufragaron frente a las costas de Irlanda entre mediados de septiembre y a lo largo de octubre. Naufragaron los barcos más frágiles, como los cargueros, mientras que los galeones de guerra, a pesar de haber sufrido en mayor medida durante los combates, soportaron mucho mejor la dura travesía.

Los naufragios lanzaron cientos de cadáveres a las playas irlandesas. Un pueblo del condado de Clare se llama Spanish Point, el «cabo de los españoles», en memoria de los naufragios de la Armada.

Todos los que se atrevieron a recalar en algún punto de la costa no tuvieron mejor suerte. Las autoridades inglesas en Irlanda tenían órdenes de no dejar a ningún español con vida, porque temían que pudiesen incitar a los irlandeses a rebelarse contra el dominio inglés.

Y, en efecto, fuerzas inglesas y mercenarios irlandeses mataron a muchos españoles, tratando de que no pudiesen recibir ninguna ayuda de la población católica local. Se calcula que unos dos mil marinos murieron de esa forma.

Cuentan que Spaniards, es el nombre por el que se conocen hoy en día los posibles descendientes de españoles en Irlanda y que tendrían su origen en los náufragos que no se ahogaron en aquellos mares y que lograron sobrevivir y tener descendencia allí.

Aunque los historiadores creen que es poco probable sean descendientes de estos, sino de españoles que ejercían su profesión de pescadores por lugares como Galway, ya que Felipe II compró los derechos de pesca por 1000 libras asegurando los caladeros a los pescadores españoles.

Por otro lado efectivamente existe una relación entre españoles, portugueses, franceses, ingleses, escoceses y por supuesto irlandeses… los celtas, o mejor dicho lo anterior a los celtas…  ese es el nexo de unión entre los habitantes de Irlanda y España. Ver La torre de Hércules.

Sólo los náufragos más afortunados lograron alcanzar Escocia, donde encontraron refugio hasta que pudieron ser rescatados al año siguiente por Alejandro Farnesio, que fletó cuatro buques desde Flandes.

 

 

Llegada a puertos del Cantábrico

El suplicio no acabó hasta que las naves volvieron a los puertos cantábricos, en un lento goteo, entre finales de septiembre y el mes de octubre. Algunos barcos naufragaron en las costas españolas, debido a que quedaron destrozados. Al final sólo volvieron cerca de 70 u 80 naves de las 130 que zarparon de Lisboa.

Muchas estaban en unas condiciones tan deplorables que fue imposible repararlas y tuvieron que ser desguazadas. De los 31.000 hombres que habían embarcado se calcula que murieron unos 20.000: 1.500 en los combates, 8.500 en los naufragios y unos 2.000 asesinados en Irlanda, además de otros 8.000 que fallecieron a lo largo de la travesía o al llegar a puerto, víctimas de las enfermedades y de las penalidades de vivir a bordo.

Murieron muchos de los mejores capitanes de la época, como Alonso de Leyva, Miguel de Oquendo o Juan Martínez de Recalde, que falleció al poco de volver. El duque de Medinasidonia, enfermo y deprimido, partió casi furtivamente hacia su residencia en Sanlúcar sin pasar por la corte, tras remitir a Felipe II un detallado informe sobre la fracasada expedición.

La famosa frase del rey en la que se lamentaba de que él había enviado una flota a luchar contra los hombres, no contra los elementos, no es cierta. Se sintió, eso sí, profundamente decepcionado y hasta abatido: «pido a Dios que me lleve para sí por no ver tanta mala ventura y desdicha», llegó a escribir a su capitán y secretario, Mateo Vázquez, cuando tuvo noticias innegables del desastroso viaje de vuelta.

Felipe II tenía unas hondas convicciones religiosas y se sentía legitimado por Dios en su empresa; el desastre, por tanto, lo encajó con un profundo dolor pero también con callada resignación cristiana, como un castigo divino «por nuestros pecados».

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FelipeII

La irresponsabilidad del Duque, las tempestades, los ataques ingleses y que los barcos iban llenos de soldados y no de marineros, llevaron al fracaso a la Armada Invencible. Felipe II al conocer la derrota, exclamo:

”Doy gracias a Dios por haberme dado medios para poder sufrir fácilmente una perdida semejante y porque todavía estoy en situación de volver a construir otra flota tan grande. Una rama ha sido cortada, pero todavía está verde el tronco y puede producir otras nuevas”.

Después cuando estaban reparando los barcos en el Cantábrico se produciría un intento de la “Armada Invencible inglesa” de atacar las costas españolas…

La segunda y tercera armada

Tras el fracaso de la operación de 1588 y tras rechazar exitosamente la contraofensiva inglesa, la Monarquía española intentó en repetidas ocasiones volver a invadir Inglaterra. En 1596 consiguieron tomar tierra en el suroeste de Inglaterra; con la intención de saquear y generar inestabilidad.

En 1597 una nueva expedición tuvo que regresar a puerto a medio camino, por culpa de las condiciones climáticas. Seguramente con el objetivo de dificultar el reinado de Isabel e intentando motivar un levantamiento de la población católica, sin éxito.

Igualmente, los corsarios ingleses siguieron atacando las posesiones españolas en el caribe y en la Península. Puerto Rico, Panamá o Cádiz fueron sus objetivos; sin resultados decisivos.

Las partes no conseguían ganar al enemigo, más bien el enfrentamiento se libró en una serie de combates de resultado dudoso. Finalmente, una vez que murieron Isabel y Felipe, ambos países firmaron el Tratado de Londres en 1604.

La guerra había acabado con  la economía de los contendientes, Inglaterra estaba al borde de la bancarrota y en España comenzó la decadencia del imperio de los Austrias.

Vídeo sobre la Armada Invencible

Ver Felipe II “El Rey Prudente”  1ª Parte

 

Datos recogidos de

http://www.uv.es/charco/documentos/armada.htm

http://www.historiadeiberiavieja.com/secciones/editorial/guerra-mundial-del-xvi

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9 comentarios en “la Felicisima Armada o Armada Invencible Española

  1. hay que dejar algo claro, si la derrota de la armada invencible de España fuere sido derrotada por los ingleses hubiera sido una vergüenza para Felipe II, pero algunos cronistas cuentan que la armada pereció por el clima y que gran parte de la armada fue unida por la tormenta.
    .

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    1. Claro que fue así en la mayor parte. Las inclemencias del tiempo hicieron zozobrar a algunos barcos en Irlanda y otros al llegar a nuestras costas. Pero aún así llegaron bastantes barcos a la costa cantábrica para ser reparados. Después de eso hubo mas incursiones de Inglaterra a nuestras costas y de estas a las suyas. Ver María pita en este blog. Gracias por tu comentario. Saludos.

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