Alejandro Dumas padre e hijo en España

Alejandro Dumas padre e hijo en España

Alejandro Dumas era nieto de un noble francés llamado Alexandre Antoine Davy de la Pailleterie y una esclava dominicana cuyo nombre era Marie-Césette Dumas como ya contamos en El Conde de Montecristo o Conde negro.

Su padre fue Thomas Alejandro Dumas (El Conde Negro) y su madre Marie-Louise Labouret, la hija del casero.

He aquí una anécdota

En una fiesta de uno de los salones literarios de París, a Dumas le presentaron a un hombre que le preguntó:

– Tengo cierta curiosidad, señor Dumas… ¿es cierto que es usted cuarterón? (hijo de español y mestiza, o española y mestizo).

– En efecto, lo soy- contestó Dumas, quien nunca trató de ocultar sus orígenes.

– ¿Y su señor padre?

– Pues, era mulato- respondió el escritor, algo molesto por la impertinencia, pero también bastante divertido por la falta de tacto de su interlocutor.

– ¿Y su abuelo, señor Dumas?

– Era un negro. De eso no cabe la menor duda

– ¡Ah…! Y, ¿podría saber qué era su bisabuelo?

– ¡Un mono, señor mío, un mono! Porque mi linaje comienza donde termina el de usted.

Se le atribuye la frase “África empieza en los Pirineos”

Se cree que pensaba que España era país de bandoleros, majas, bailes gitanos y amoríos fáciles. Su hijo llegó a desmentir que tal frase la dijera nunca su padre.

Declaró a un periodista español:

“La famosa frase que se le atribuye, y en la que varía a su antojo la geografía colocando el estrecho de Gibraltar en la vertiente de los Pirineos, es apócrifa.

No la hallará usted en ningún escrito suyo. Tanto mi padre como yo fuimos apasionados admiradores de España, a pesar de haber sido apedreados por el vecindario entero de un pueblo de la provincia de Granada de cuyo nombre no quiero acordarme”.

Viaje de Alejandro Dumas a España

Harían un viaje a España en 1846 para hacer una crónica de la boda del Duque de Montpensier con la hermana de Isabel II y de esta con el infante Francisco de Asís.

Boda real, España, Borbón, enlace,

Fue una petición del ministro de Negocios Extranjeros de su país, Monsieur Salvandy, escritor también, viajero y amigo personal de Dumas para que luego prolongara su viaje y se dirigiera a Argelia.

Dumas dijo:

“Hubiese aceptado, agradecido, una de las dos cosas, con mayor razón ambas a la vez”

Dumas no perdió ni un segundo:

“De regreso a mi casa, escribí varias cartas que envié por mi cria­do… Decían así”:

 

Carta-de-Alejandro-Dumas

Dumas y sus acompañantes atraviesan la frontera por Irún, temiendo que descubrieran los fusiles, pistolas, cuchillos y balas que llevaban para viajar por la “peligrosa” España.

El jefe de la aduana guipuzcoana leyó el nombre del escritor en las maletas y a continuación:

“se acercó a mí –escribe– me saludó con palabras de elogio en un excelente francés y en un español que me pareció todavía mejor, y ordenó a sus empleados que respetaran ¡hasta la bolsa de mano!”.

Pasaron por Tolosa, Vitoria, Miranda de Ebro, Burgos, Aranda de Duero y el puerto de Somosierra, habían llegado a Madrid en dos días.

En el trayecto de Irún a Madrid a Alejandro Dumas le llama la atención las diferentes maneras de vestir de los viajeros que encuentran por el camino.

Según su origen, se diferenciaban:

  • Los valencianos anchos calzones blancos
  • los manchegos con chaqueta parda, el calzón corto y la escopeta enganchada al fuste de la silla
  • los andaluces, con sombrero de bordes levantados y redondeados adornado con pompones de seda
  • los aragoneses con su bastón y su pañuelo atado detrás de la cabeza y colgando en medio de la espalda…

“En fin –remata el escritor–, todos los demás hijos de las doce Españas que consintieron formar un solo reino, pero que no consentirán jamás formar un solo pueblo”.

La doble boda de la reina Isabel II y su hermana luisa Fernanda

 

 

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La capital de España está engalanada para las bodas reales (Isabel II y su hermana se casaron el mismo día, el 10 de octubre) y llena de compatriotas que habían acudido expresamente a presenciar el enlace de Montpensier con la infanta, causa una grata impresión a Alejandro Dumas.

Sobre la joven contrayente Luisa Fernanda escribiría Dumas:

Era, con sus quince años, la hermana más bonita, de hermosos ojos, cabellos admirables, porte de cabeza muy noble y fisonomía delicada.

La boda que se celebró en el Palacio Real de Madrid. La novia tenía quince años y el novio veintidós. En la misma ceremonia también contrajeron matrimonio la reina Isabel II de dieciséis años, y su primo hermano Francisco de Asís de Borbón, duque de Cádiz, de veintidós, al que todos, incluida Isabel, apodaban “Paquita”.

Siguió una semana de festejos con luminarias, toros, bailes populares, fuentes de leche y de vino en la Plaza Mayor, fuegos artificiales, meriendas en la pradera de San Isidro

Todo le llamaba la atención y las corridas de toros le causaron honda impresión. “Quien no haya visto España no sabe bien lo que es el sol; quien no haya oído el rumor de un coso taurino no sabe lo que es el ruido·.

A la salida de su primera corrida de rejoneo comentó:

¡Cómo va uno a hacer dramas después de ver esto!

La recién fundada Guardia Civil ha desalojado a los bandoleros de los caminos:

“He aquí que España gozaba de la paz más absoluta –escribe Dumas al llegar a la capital–, que habíamos recorrido ciento cincuenta leguas, de Bayona a Madrid, sin encontrar en nuestro camino ni una sola guerrilla, ni un solo ladrón, ni un solo ratero; he aquí que por fin encontrábamos las calles de Madrid en su soledad matinal y llenas de teatros al aire libre levantados con antelación para las fiestas en las que íbamos a tomar parte [las bodas de Isabel II y la infanta Luisa Fernanda]”.

Madrid

Palacio-Real-de-Madrid

“En Madrid, los que quieren comer, entiéndase los extranjeros, van al mercado o mandan a él a sus criados, después ellos guisan o asan por sí y ante sí los objetos que han comprado para su consumo.

La calle de Alcalá es tan ancha como nuestra avenida de los Campos Elíseos y la puerta que la cerraba casi tan gigantesca como el arco de triunfo de L’Etoile.

En Madrid sólo llaman la atención las mujeres feas. Si no fuera por el magnífico sol, profusión de mantillas, unos ojos negros como no había visto nunca y ese silbidito de los abanicos que agitan eternamente el aire de Castilla, podríamos creernos en Francia.

Decididamente Madrid es la ciudad de los milagros. Yo no sé si Madrid tiene siempre las mismas iluminaciones, los mismos ballets y las mismas mujeres, lo que sí sé es que me entran unas ganas terribles, ahora que gracias a las precauciones que he tomado tengo asegurada mi existencia material, de naturalizarme español y elegir domicilio en Madrid.

Soy más conocido y quizás más popular en Madrid que en Francia. No es extraño que deje aquí doce días de los más felices de mi vida y, usted que me conoce, sabe que tengo pocos días felices” .

En una visita a El Escorial Alejandro Dumas escribe impresionado:

“Nadie dirá: El Escorial es bonito. No se puede admirar lo terrible, sino que temblamos ante ello”.

En Madrid, el escritor cenó con Johann Strauss, padre, fue agasajado por nobles, intelectuales y artistas como el pintor Madrazo y el escritor Bretón de los Herreros que cordialmente le recogían todas las tardes para servirle de guías en museos, galerías de arte y teatros.

“Soy más conocido y quizás más popular en Madrid que en Francia”, cuenta gozoso.

A Dumas le fue concedida por la reina a petición del duque de Montpensier la encomienda de Carlos III.

“Los españoles creen ver en mis obras un no sé qué castellano que les produce un cosquilleo agradable en el corazón. Hasta tal punto es esto cierto que antes de ser caballero de la Legión de Honor en Francia, he sido Comendador de Isabel la Católica en España“.

Siguieron viaje por España

Molinos-de-Castilla-La-Mancha

Toledo  les pareció “una ciudad moribunda”, pero el escritor recomienda su visita a todo viajero que llegue a Madrid.

De los campos de azafrán de La Mancha, escribe:

“Aquellos lagos rosas eran lagos de flores; aquellos lagos de flores eran la riqueza de la tierra al mismo tiempo que su galanura”.

Visitaron Puerto Lápice, Manzanares, Valdepeñas, Despeñaperros, La Carolina, Bailén, Jaén, Granada, Córdoba (donde dedicaron varias jornadas a cazar en Sierra Morena), Sevilla y Cádiz, en cuyo puerto embarcaron hacia Argelia.

De Sierra Morena:

“Una mezcla de aromas con que embalsaman la brisa las adelfas, los madroños con sus bayas purpúreas y los arbustos resinosos que son en esta magnífica sierra, lo que el césped en los prados”.

De-Paris-a-Cádiz

Dumas relata en su libro de París a Cádiz:

  • el mal estado de las carreteras del sur
  • los repetidos desencuentros con los hosteleros a su paso por Ocaña y Aranjuez
  • la entrada en La Mancha
  • la parada en Puerto Lápice con las inevitables referencias al Quijote
  • la escala en Manzanares, donde le llaman la atención las mozas que pelan el azafrán
  • el paso por Valdepeñas, donde el grupo prueba un vino oscuro y espeso, en nada parecido al valdepeñas actual, hasta llegar a Andalucía por Despeñaperros.

Andalucía

Cuadro-Flamenco

Se cuenta que contrató a un bandolero para que fingiera asaltarle en Despeñaperros a cambio de un buen dinero, así él podría escribir una buena crónica. El bandolero claro está, se quedó con el dinero.

Llegó a Granada el 28 de octubre de 1846, se hospedó en la Pensión Pepino de la calle del Silencio, una modesta casa de estudiantes cerca de la entonces Universidad y hoy Facultad de Derecho.

Llevaba consigo tres maletas llenas de trajes, ropa blanca, pistolas, carabinas y cuchillos de caza. Llegó acompañado de:

Su hijo Alejandro de veintidós años, su secretario, el poeta Aunguste Maquet, los pintores Aldolphe Desbarolles y Eugène Giraud, y Eau Benjoin, su fiel criado etíope era que según cuentan era «bebedor y olvidadizo, y algunos han considerado el precedente del Passe-Partout de La vuelta al mundo en ochenta días».

Alejandro piensa que “el andaluz, en el año de gracia de 1846 y el año de la hégira de 1262, sigue siendo tan árabe como los mismos árabes”.

Granada aparece en su imaginación como “una virgen perezosa que lleva tumbada al sol desde el día de la creación”.

Descubrió en Granada la ciudad romántica ideal, deslumbrante, violenta y ruda:

«piense usted, señora, que Granada es el país más bello del mundo; piense que se aspira durante todo el día todos lo perfumes que el sol roba al toronjil, y la violeta a la rosa».

«Granada es una ciudad de casas bastante bajas, de calles estrechas y tortuosas: sus ventanas cuadradas y casi siempre sin exorno alguno, están cerradas por verjas de hierro, a veces cruzadas y entretejidas de tal modo, que es difícil pasar el puño a través de ellas. Al pie de esas rejas, van a suspirar de noche los granadinos enamorados”.

En granada :

Alhambra-de-Granada

Anécdota de la pedrada

Era la tarde 29 de octubre de 1846. Tras una visita a la Alhambra, el grupo bajó a la casa de Couturier, pintor y fotógrafo francés, que hacía de cicerone de sus paisanos.

La vivienda estaba en la plaza de Cuchilleros, que era un lugar de posadas y fondas, donde paraban las diligencias y postas, «al que llegaban los viajeros intrépidos que cruzaban las rutas polvorientas de la España de la guerra y los bandoleros».

Se hallaban los viajeros en la terraza de un edificio mientras los pintores tomaban apuntes de un grupo de baile cuando tres individuos comenzaron a lanzarles piedras desde la casa de enfrente.

A Dumas hijo le abrieron una brecha en la cara y sus compañeros se lanzaron escaleras abajo a perseguir a los atacantes. Dumas padre estuvo a punto de estrangular con sus propias manos a uno de los agresores, que finalmente fueron retenidos por los franceses hasta la llegada de la policía.

En el periódico El clamor público del 4 de noviembre de 1846, acusan la prepotencia del francés con esta crónica de los hechos:

«Hallábanse estos en casa de un retratista al daguerreotipo, también francés, viendo una danza de gitanos, a los cuales habían hecho subir a la azotea, y en ella estaban divirtiéndose.

En esto, sin saber de dónde, vino una piedra y dio en la frente al hijo de Dumas, haciéndole una ligera contusión. Alarmados con aquel acontecimiento, y furiosos de cólera todos los franceses que allí se hallaban, bajan a la calle para averiguar la casa de donde había salido la piedra.

Uno de los gitanillos parece que indicó ser la del arquitecto don José Contreras, que vive en frente, y sin más averiguación, y sin acudir en queja a la autoridad competente, como debieron hacerlo para que ella sola fuese la que castigase al delincuente luego que hubiese sido descubierto, se lanzan todos dentro de la casa, penetran en las habitaciones, y encontrando en una de ellas a uno de los hijos del arquitecto, que se hallaba dibujando, le acometen, le golpean fuertemente, y aun le amenazan de muerte con armas que todos llevaban».

En El Católico del 10 de noviembre se lee:

«Anteayer, por la casualidad de no estar en su casa el honrado arquitecto Contreras, se evitó que tal vez no hubiera podido regresar a su país M. Alejandro Dumas, […] encontrándose éste con los seis que le acompañaban, y un hijo de menor edad en un piso alto de la placeta de Cuchilleros, viendo, según dicen, una danza de gitanos, una china despedida, no se sabe de qué parte, hirió en la mejilla al niño Dumas, cuyo padre, creyéndola tirada de casa de Contreras, se lanzó a ella con sus seis compatricios con estoques y puñales en mano, y a pesar de no encontrar más que señoras y niños, trataron a aquéllas grosera y villanamente, de palabra y hecho, llegando hasta el caso de decir que para cada francés eran necesarios cuatro españoles.

Por fortuna, como dejo dicho, no estaban en el acto ni Contreras ni sus hijos: y es bien seguro que, a haber presenciado tal atropello, la mitad por lo menos de los que lo causaron no salen vivos de su casa. […]

Me parece que, si seguimos así, llegará día en que hasta los afiladores y conductores de monas nos exijan que seamos sus limpiabotas»

Días antes de aquella bronca él y sus acompañantes franceses habían sido agasajados en la casa de los arquitectos José (padre) y Rafael (hijo) «Contrairas» (así es como el francés escribía su nombre), en la que habían admirado la maqueta que habían hecho de la Alhambra, tan sobresaliente que Dumas había llegado a prometer que hablaría de aquella maravilla al Gobierno galo, para que otorgara un premio.

Que exageraba, es muy posible que también, cuando habla por ejemplo del linchamiento que estuvieron a punto de sufrir los franceses a manos de un tropel enorme de vecinos de la barriada granadina.

Los viajeros saldrán en estampida de Granada a la hora del alba, «huyendo de alcaldes, corregidores y, sobre todo, escribanos- y con el susto de unos gendarmes que temen que les persigan».

Al llegar a Córdoba:

Córdoba-1

“Cada uno de nosotros se había figurado su propia Córdoba: uno gótica, otro árabe, otro casi romana; porque manteníamos los recuerdos de Lucano y de Séneca tan vivos como los de Abderramán y los del Gran Capitán –cuenta–. Sólo habíamos olvidado una cosa, imaginarnos una Córdoba española, que era justamente la que habíamos encontrado. Calles estrechas, sucias, en las que está prohibido tirar agua, sin duda por miedo a que el agua las lave un poco”.

Les gusta la generosidad y la hospitalidad de los cordobeses, la mezquita, dos días de cacería en la sierra…

La costumbre de pelar la pava de los mozos fueron los mejores recuerdos que Córdoba dejó en los viajeros. Su hijo Alejandro queda en Córdoba prendado de una rica dama.

Al salir hacia Sevilla buscaron insistentemente la Casa de Séneca y descubrieron que se trataba de un burdel.

Sevilla

Plaza-de-España,-Sevilla

 

La ciudad le enamora hasta el punto de que se viste a la española y encarga trajes y aperos para sus mulas adornados con pompones multicolores que, dice, “tendrán un gran éxito en Longchamp”.

Después de navegar por el Guadalquivir llegan a Cádiz donde les espera el vapor francés Le Vèloce, para llevarles a Argelia.

En la Tacita de Plata

Cádiz1

Los viajeros franceses fueron obligados a desalojar el hotel por invitar a cenar a una señorita de vida alegre, encontrando otro donde si se lo permitieron:

“No hemos perdido demasiado en comodidad y hemos ganado en cortesía” dijo el escritor.

“todo es alegre, vivo, todo explica esas noches blancas de amor y serenatas que incluso en España llaman noches de Cádiz”. “Por lo demás, no hay nada que ver en Cádiz –concluye lapidariamente–: ni monumentos, ni palacios, ni museos; sólo una catedral de bastante mal gusto, eso es todo”.

diccionariio-de-cocina-de-Alejandro-Dumas

Alejandro Dumas y la cocina

En el verano de 1869 se retiró a Roscoff, en Bretaña, un lugar tranquilo donde empezó a escribir, por encargo del editor Alphonse Pierre Lemerre, su gran libro de cocina.

En marzo de 1870 envió parte del manuscrito al editor. Aunque murió en diciembre de ese mismo año, sus colaboradores lo terminaron. Su libro fue editado en París en el año 1873.

Sobre la cocina española sus observaciones fueron poco afortunadas. Llegó a rechazar e incluso despreciar todo lo que le fuera ajeno a sus costumbres francesas:

aceite de oliva, vinagre, ajo, garbanzos, técnicas y formas de preparación diferentes, etc.

Parece ser que parte de las “críticas” pudieran no haber salido de la pluma del novelista sino de las aportaciones de algunos de sus “negros” (se le han contabilizado hasta setenta y seis) de los que Dumas, lejos de ocultarlos, presumía con arrogancia diciendo:

¡Tengo más colaboradores que Napoleón generales!

A Dumas se le conocía popularmente como “el negro”, ya que era mulato. En 1845, Eugène de Mirecourt lanzó un libelo en el que se describía a Dumas como el malvado dueño de una galera de negros esclavizados escribiendo sus novelas.

Desde entonces, a los colaboradores que escribían las obras que después él arreglaba y firmaba, los llamaron “los negros del negro”.

Ese es el origen de llamar “negro literario” al escritor que escribe para que su obra la firme otro más famoso. En los países de habla inglesa se le llama “escritor fantasma”.

Crítica de Dumas sobre la cocina española

El primer sitio en el que pararon los viajeros a tomar un refrigerio fue Tolosa, y allí:

Azucarillos-1

“Entramos en una especie de posada donde tomamos chocolate que era excelente y lo acompañaban unos vasos de agua con una especie de panecillos blancos que nos eran desconocidos, y que se disolvían en el agua y la hacían muy dulce y perfumada”. Parece ser que los franceses no conocían los azucarillos.

Siguiendo el viaje en la diligencia, un madrileño compartió con ellos sus vituallas:

pan, vino y pollo.

En Vitoria, donde pararon a cenar un puchero… a los franceses no les gustó. Dumas escribió:

“La cena se componía de una sopa de azafrán, un puchero y un plato de garbanzos. La sopa de azafrán era una de las mejores que haya comido nunca, aunque sospecho que estaba hecha con cordero y no con buey. Así es que le recomiendo la sopa de azafrán.

Ya ve, señora, que digo tanto lo bueno como lo malo. Después venía el puchero, plato esencialmente español:

 

Puchero-1En realidad, en su calidad de alimento nacional, forma más o menos por sí solo toda la cena española. ¡Qué desgracia para usted si no le gusta el puchero! Familiarícese pues, poco a poco, con este plato y permítame que, para facilitarle el trabajo, le diga de qué se compone.

Se compone de un cuarto de vaca –en España, el buey, por lo que a la alimentación respecta, me parece que es totalmente desconocido–, un trozo de cordero, una gallina y trozos de un salchichón que llaman chorizo; todo ello acompañado de tocino, jamón, tomates, azafrán y col.

Como puede verse, es una macedonia de cosas bastante buenas tomadas individualmente, pero cuya reunión me parece poco afortunada, hasta el punto de que no he conseguido acostumbrarme.

Intente hacerlo mejor que yo, porque si no le gusta el puchero, se verá obligada a conformarse con los garbanzos. Los garbanzos son guisantes del tamaño de una bala de calibre veintidós”. “Creo que es lo mismo que los antiguos llamaban pois chiche”.

Durante el resto del viaje Dumas, siempre que pudo, compró y cocinó sus propias viandas para todo el grupo haciendo lo que tenía por costumbre:

Hacerse con los fogones de las posadas y mesones por los que pasaron.

Dumas en Madrid prefirió comprar y guisar una docena de huevos, media docena de perdices, dos liebres y un jamón de Granada. ¡Ah! y de postre cuatro jícaras de chocolate para cada uno…

En Córdoba, en el Hotel del Correo donde se alojaron encontraron amabilidad en todo el mundo, incluso en el cocinero que era de Lyon.

“Este último descubrimiento ha regocijado a mis amigos y a mí también. Si ellos no se cansan de comer mi comida y de leer mis escritos, yo empiezo a cansarme ya de guisar y de escribir”.

La salsa vinagreta para las ensaladas, tampoco le gustó. El aceite le sabía demasiado recio y el vinagre demasiado fuerte. Solo la sal se libraba de su desaprobación.

En Ocaña vuelve a la carga con sus quejas y críticas: “La cena terminaba con una de aquellas ensaladas imposibles nadando en agua”.

gazpacho-1

No habían probado antes un gazpacho, que consistía en agua fresca del cántaro aderezada con aceite, vinagre y sal, y con algunos trozos de lechuga, o de tomate y cebolla, o de pepino.

La cena que tomaron antes del gazpacho consistió en:

“…sopa de azafrán, vaca cocida en salsa, pollo rodeado de esos garbanzos de los que ya le he hablado a usted y un plato de espinacas del que prefiero no hablarle”.

Completaron la cena con provisiones que habían dejado en la diligencia:

Jamón de Granada, salchichas, manteca, salchichón, un pato asado, otros comestibles y unas botellas de vino.

Dumas continúa sus críticas así:

 

Porrón

“No sé si hoy en día que España se vanagloria de progresar, se encuentran vasos en estas provincias, pero cuando yo las recorrí, casi no los había… el vino se pone sobre la mesa en un porrón de cristal, y cada uno de los comensales está obligado a beber a chorro para no tocar el borde con los labios.

Esto es muy incómodo para el extranjero que nunca ha usado este modo de refrescarse. Si tenéis la desgracia de tocar con los labios el borde del porrón, los demás comensales no os mirarán con buenos ojos”.

“Otra costumbre sobre la bebida es que algunos hombres, cuando a las cinco de la mañana van al trabajo o a los negocios, se han tomado ya su copa de aguardiente en la taberna más cercana a su casa.

El aguardiente es una especie de agua de vida… rara vez se bebe puro. Se ponen una docena de gotas en un gran vaso de agua para blanquearla. Se toma en ayunas y abre el apetito, aunque no arde el estómago como la absenta”.

En Sevilla probó las aceitunas aliñadas y… tampoco le gustaron, naturalmente: “…hermosas las olivas que se cosechan en Sevilla, ¡pero qué malvada forma de prepararlas tienen! …He creído morder, al probar la primera, un pedazo de cuero”.

En Madrid les gustó el ambiente y las empanadas que se meriendan en la pradera de San Isidro el día del santo. De esta fiesta escribe que:

La_pradera_de_San_Isidro-1

“…se asemeja al carnaval romano que igualaba a siervos y esclavos con sus amos. Los criados españoles olvidan ese día su servidumbre y se creen tan importantes como aquellos con quienes están sentados, pues comen su pan y beben su vino todos juntos en la misma mesa”.

En Toledo cenaron bien:

“A las ocho descendimos del coche en la posada del Lino. Nos sirvieron la cena que preparé junto al posadero y su mujer, y quiero decirle, señora, que es la ciudad española donde mejor comimos”.

Cuenta Juan Bustos (IDEAL, 19 de diciembre de 2001) que Dumas se había comprometido a enviar crónicas de su viaje al periódico La Presse de París pero, no lo hizo.

«Lo demandaron judicialmente, así que tuvo que escribir sus impresiones deprisa y corriendo, lo que hizo inspirándose con el mayor descaro en las de otros viajeros que le habían precedido, sobre todo Laborde y Gautier, tomando del primero datos históricos y monumentales, y del segundo, las referencias pintorescas y de ambiente».


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