Felipe II y la cueva de Sopeña

Felipe II y la cueva de Sopeña

Lucrecia de León, nació en Madrid en 1567. Fue famosa por sus visiones apocalípticas durante el reinado de Felipe II.

Era de familia humilde. Aunque su padre, Alonso Franco de León, ejercía de representante de los comerciantes genoveses en la ciudad, sus ingresos eran bastante modestos.

Por esta razón, Lucrecia nunca asistió a una escuela y se dedicaba a ayudar a su madre, Ana Ordoñez, en su labor como sirvienta en casas de familias más acomodadas. Sus padres temieron que esas visiones no fueran del agrado Iglesia. Tuvo, desde los siete años, extrañas visiones a través de sus sueños.

Sus sueños premonitorios terminaban por cumplirse, para disgusto de sus progenitores, quienes intentaban poner freno a aquellos inquietantes vaticinios a base de palos y azotes.

Los castigos físicos, sin embargo, no habrían resultado efectivos y, según el relato de la propia Lucrecia, los sueños –en los que se le aparecían hombres misteriosos para advertirle de lo que iba a acontecer– se hicieron más frecuentes e intensos cuando cumplió los dieciséis años.

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Lucrecia de León

 

En octubre de 1587 la joven Lucrecia estaba en la puerta de su casa, cuando apareció un joven conocido, de nombre Juan de Taves, quien acababa de dejar a su amo en casa de un amigo.

El señor para el que trabajaba Taves no era otro que don Alonso de Mendoza, un ilustre personaje perteneciente a la familia de los Condes de La Coruña, y en aquellos años canónigo de la catedral de Toledo, doctor y lector de teología en la Universidad de Alcalá de Henares, amén de abad de San Vicente de la Sierra.

Alonso de Mendoza, hombre letrado, era uno de aquellos clérigos interesados en las visiones y profecías. Precisamente, aquel día estaba visitando a otro personaje, Miguel de Piedrola, antiguo militar, con una gran fama a sus espaldas como profeta de grandes aciertos.

Cuando Lucrecia oyó a Taves mencionar a Piedrola se interesó enormemente por él, pues dijo haberle visto en uno de sus sueños, que parecía no traer buenos augurios para su persona.

El joven paje, Taves, puso a la doncella al tanto de las peripecias visionarias de Piedrola y, cuando regresó a casa con su amo, explicó a éste su encuentro con la joven Lucrecia.

Al principio, Lucrecia profetizó el futuro de sus propios vecinos y otras personas cercanas. Pero luego profetizó acerca de la familia real.

Esas visiones se producían a través de sueños, que fue recogiendo desde 1587 el franciscano fray Lucas de Allende.

Este fraile tenía un mecenas llamado don Alonso de Mendoza, que fue canónigo de la Catedral de Toledo y en la corte, siendo además enemigo del rey.

Lucrecia hizo varias predicciones:

  • La muerte de Ana de Austria y acierta.
  • La muerte del infante Felipe, hijo de Felipe II y heredero al trono, que no sucede.
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Felipe iII
  • La muerte de Álvaro de Bazán, que también acierta.
  • La derrota de la Armada que Felipe II mandó contra Inglaterra con un año de antelación
  • El fracaso de España en su enfrentamiento contra la coalición euro-turca
    que arrasaría la Península Ibérica. Que sería el fin del rey y de los Habsburgo en agosto del año 1588.
  • Los protestantes atacarían a España por el Norte, los turcos por el Sur y los ingleses por Portugal.
  • Los moriscos, se sublevarían desde el interior de la Península, facilitando las invasiones.
  • El rey, al ser derrotado, iría a Toledo donde moriría.
  • Los Habsburgo serían sustituidos por uno de los descendientes de los antiguos reyes de Navarra, Miguel de Piedrola Beaumont,
    .

Miguel, adivino y soldado de fortuna que combatió en Italia en los tercios de don Juan de Austria predijo que:

  • Don Juan de Austria moriría en Flandes.

Estas visiones llegaron a oídos de Alonso de Mendoza, que puso en contacto a ambos visionarios.

Estas profecías llamaron la atención del rey. Se iniciara contra Lucrecia un proceso de la Inquisición:

Las autoridades eclesiásticas querían averiguar si mantenía contactos con el demonio. Se le ordenó dejar de contar sus visiones, pero ella no hizo caso.

Acabó detenida y fue sometida a un exorcismo. Lucrecia reconoció que había personas que se le aparecían y le revelaban secretos:

San Juan de la Cruz, apóstoles, profetas… Y también que el demonio era el responsable de sus sueños.

La Inquisición la condenó por haber pactado con el diablo, blasfemia, falsedad y sacrilegio. La sentencia, no demasiado severa para la época fue:

Cien azotes, llevar el San Benito por ser hereje, destierro y reclusión durante dos años en un convento.

Uno de los sueños de Lucrecia:

«Bajóme por parte de la Sopeña
y vi que andaban hombres trabajando en ella,
y a este tiempo vi que se llegó un morisco que andaba a caza
y se asomó a la roca de la Sopeña
y preguntó a los hombres que en ella trabajaban cuya era,
y respondieron que de Cristóbal de Allende,
y dióle muchas vueltas mirándola y alzando los ojos;
y el Hombre Ordinario me dijo:
En habiendo tres reyes en España vendrá el Anticristo,
porque en tiempo de Felipe se han de acabar tantas vejaciones
y vendrá esta última generación;
que Dios no ha de renovar el mundo más que tres veces
y ésta es la última».

Sólo se salvarían los que estuvieran refugiados en la “Cueva Sopeña”, una pequeña cueva cercana a Ocaña, en Toledo, donde unos pocos afortunados podrían refugiarse para sobrevivir al horroroso Apocalipsis que esperaba a la nación.

Estos sueños fueron interpretados por don Alonso de Mendoza para su propio beneficio. Comparaba a:

  • Felipe II, con el rey visigodo don Rodrigo que perdió España.
  • La Cueva de Sopeña, con Covadonga.
  • Miguel Piedrola, con don Pelayo.

Se formó la Congregación de la Nueva Restauración:

Era una secta mística que aglutinó a cortesanos descontentos y a los seguidores de los dos visionarios. Uno de los miembros fue Juan de Herrera.

Herrera diseñó las reformas de la Cueva y de las obras se encargaron el hermano de fray Lucas y Cristóbal de Allende. Allí se refugiarían los elegidos de los que surgiría la Nueva España.

Cristóbal recogía y administraba el dinero que aportaban todos los miembros de la Congregación e incluso sería el lugarteniente del Nuevo Rey.

La familia Allende ya tenía varias propiedades en Villarrubia de Santiago. Pero a mediados del siglo XVI Cristóbal de Allende compró una heredad en la que había una cueva, denominada Sopeña, que ya por entonces tenía cierta fama de mágica.

En 1577, once años antes de las visiones de Lucrecia, fray Lucas de Allende había sacado licencia para decir allí misa y había erigido en sus inmediaciones un humilladero.

Un humilladero es un lugar devoto, marcado con una imagen o con una cruz sobre un pedestal, que hay en la entrada de algunos pueblos y junto a ciertos caminos.

En Sopeña, según algunos testimonios de la época, Juan de Herrera mandó construir tres o cuatro aposentos:

«…colgado de una guindaleta, señalando las partes por donde se habían de romper y abrir las puertas y ventanas».

La obra requirió a la última logia de canteros, los de la Trasmiera, que en aquella época aún celebraban reuniones en el templo cántabro de Santa María de Bareyo.

En los aposentos se colocaron camas, excepto en uno, habilitado como capilla y lleno de imágenes.

Todos los implicados en la trama aportaron dinero para comprar comida (básicamente trigo y garbanzos), que fue llevada a la cueva.

Llegó agosto de 1588 y la profecía no se cumplió. Los miembros de la Congregación no se desanimaron, alentados por haberse cumplido otro de los sueños de Lucrecia, la derrota de la Armada en aguas inglesas, acontecida a finales de julio de 1588.

Los conspiradores pensaron que podía haber un problema de fechas, y que el apocalipsis se produciría pronto. Pero no se produjo y la Congregación se fue disolviendo.

La Inquisición abrió proceso a los implicados en el complot. Los nobles consiguieron eludir las penas; Miguel de Piedrola y Lucrecia sufrieron las consecuencias.

Duró varios años su procesamiento en las cárceles del Santo Oficio toledano, y tras éstos, Lucrecia, cuyas visiones oníricas habían sido manipuladas por los confabulados pero que se negó a retractarse del contenido de sus sueños, condenada por sedición, blasfemia, sacrilegio y pacto con el diablo, compareció en un auto de fe, en el que recibió 100 azotes, y cumplió una condena de 2 años sirviendo en un hospital de Toledo; tras quedar en libertad, no se volvió a saber de ella.

Piedrola fue recluido en el castillo de Guadamur; Felipe II se interesó personalmente por la seguridad de su prisión.

La Cueva se menciona por primera vez en el proceso contra los conjurados. Pero a día de hoy sigue sin conocerse su paradero.

Documentalmente no queda rastro de ella. Ni los protocolos notariales de la localidad de Villarrubia de Santiago, que se encuentran en el Archivo Histórico Provincial de Toledo, conservan el documento de compra de la heredad por parte de Cristóbal de Allende; ni en el Archivo Diocesano de Toledo se guarda la concesión de permiso por parte del arzobispo a fray Lucas para decir misa; ni en la documentación inquisitorial
hay más que vagas referencias a su localización.

Mendoza describió Sopeña no como una cueva, «sino casa fuerte por ser lo tanto aquel sitio y casa de Dios»

“Atravesaron también Perales y El Villarejo, y antes de la media mañana llegaron a Tarancón, y luego a Villarrubia de Santiago, y se desviaron por un camino muy malo hasta encontrar de repente un valle hondo, por el que iba trazando grandes curvas la ancha corriente del río Tajo.

—En uno de esos sotos nos esperan —dijo el hombre, y llevó la carroza hasta el paraje que al parecer era su punto de destino, donde había otras carrozas detenidas.

El lugar se encontraba al pie de unos barrancos en que la tierra se descarnaba en las feroces huellas ocres y blanquecinas que habían dejado los torrentes del agua llovediza.

La ribera formaba allí un pequeño soto de chopos y en un claro había un pabellón de color azul, y frente a él un dosel blanco y dorado, sujeto por muchos pies pintados de rojo, bajo el que se extendían unas mesas de madera con largas bancas colocadas junto a ellas.”

¿Donde estaba la Cueva Sopeña? Durante años se ha buscado la obra perdida de Juan de Herrera.

Parece ser que Felipe II la visitó en uno de sus viajes de Madrid a Toledo. Por lo tanto, no podía quedar lejos de este Camino Real, en las cercanías del Tajo.

No debe hallarse en un lugar recóndito y de difícil acceso, pues durante años se utilizó como ermita para celebrar misa y tenía próximo un humilladero, construcción que normalmente se ubicaba en las inmediaciones de un camino.

La cueva pudo ser una antigua mina de espejuelo, de época romana.

La remodelación no tendría por objeto convertirla en una obra refinada,
sino transformarla en una especie de búnker.

Quizás, después del fracaso del complot, a lo largo del tiempo ha tenido otros usos.

Quizás Felipe II la cegó. Quizás no…

Se sabe que Juan de Herrera también construyó la Fuente Grande de Ocaña, donde se descubrieron unas galerías subterráneas tarimadas, donde muchos estudiosos han querido ver un conducto hacia tan famosa cueva.

También se le atribuye a él o a un discípulo suyo la fuente de cinco caños del pueblo de Dosbarrios, a pocos kilómetros de Ocaña

La Cueva de la Yedra de Villarrubia de Santiago, en Toledo, es un lugar mágico y muy peculiar.

Tiene una pequeña bajada, un pasillo en el que se pueden apreciar puertas antiguas, quizá aquel lugar fuera utilizado como bodega, con unas cavidades en las que encajarían las tinajas allí almacenadas e incluso observamos algún viejo y oxidado gancho para atar a algún burro o caballo.

Aquel lugar pertenece al entramado de galerías que recorren el pueblo y que antiguamente algunas de ellas se comunicaban con la iglesia.

Unos metros mas allá hay una sala llena de columnas, con una central que descuadraba con la armonía circular de sus compañeras.

La cueva pertenecía a una casa que se ubicaba enfrente del solar, donde actualmente está el acceso. En la entrada del pasillo de la cueva hay una puerta tabicada que quedaría justamente debajo de esta casa.

No es una cueva en la que se intuya que tuviera grandes lujos, con detalles increíbles, sino que es todo lo contrario, un lugar muy sencillo, sin bóvedas, ni columnas decoradas. Tiene nueve columnas en forma circular y una columna central.

La construcción se atribuye a Juan de Herrera o a algún discípulo suyo. Un lugar mágico, reuniones secretas, una construcción hecha por fórmulas matemáticas increíbles y sobre todo con la duda de porqué fue elegido ese terreno para construir una cueva.

Quizás sea la cueva de Felipe II…


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